Crónicas oaxaqueñas: Convite en el zócalo


Renato Galicia Miguel 

Hoy, con tanto mezcal caro y pareciera que solo dirigido al mezcalier de moda o al turista, inaccesible para el tomador oaxaqueño de hace no demasiados ayeres, no es posible creer que en enero de 2006, en pleno zócalo de la capital del estado, no lo quisieran ni obsequiado en convite transeúntes locales y foráneos.

Acababa de pasar el lío del 2005 por la “remodelación” de la plaza central y la Alameda de León capitalinas, en el que el ganón fue el gobierno de Ulises Ruiz Ortiz, ya saben,  ese impuesto “proyecto” del arquitecto Carlos Melgoza Castillo que sustituyó con vil adoquín el piso de cantera verde, amplió el área de los portales para que cupieran más mesas y sillas de los restaurantes y tiró uno que otro antiquísimo laurel —aunque no pudo con el “árbol político”, ese del lado suroeste de la plaza central que cayó pero tuvo que ser  replantado y sobrevivió—,  una afrenta al patrimonio oaxaqueño que ahí sigue.

Desde el espacio contracultural de Chava Hernández, el Tabula Rasa, ubicado en Trujano 403, Centro, salió el convite, esa invitación a la fiesta patronal, hacía el mismísimo zócalo, realizado nada menos y nada más que por pobladores de Santa Catarina Minas, al frente de los cuales iba el palenquero Eduardo Ángeles Carreño.

Era un acontecimiento inédito no solo por el hecho de aventar cohetones en el cielo del mismísimo centro histórico, sino por ofrecer un mezcal tradicional Real Minero en el zócalo que, aunque hoy suene increíble, solo dos o tres oaxaqueños y turistas aceptaron. Como dicen ahora en redes, no estaban listos para esa degustación.

Como tampoco lo estaban los siempre sedientos asiduos a las actividades culturales del centro histórico.

Era febrero de 2006 y en el IAGO se había presentado el disco compacto Mezcales tradicionales de los pueblos de México: herencia cultural y biodiversidad. Al mismo Lalo Ángeles Carreño le había tocado poner la bebida para el coctel de rigor.

Se fueron botellas y botellas que los ávidos asistentes tomaron como agua. “No está bien que se vaya así este mezcal, son muchos años de producción”, decía Lalo, mientras movía la cabeza de un lado a otro.

Fue en esa ocasión que empecé a darme cuenta del respeto y la historia que merecía la tradición mezcalera, también fue cuando hice un primer apunte sobre la llamada “cultura del mezcal”:

“El whisky de los mezcales  —me dijo Lalo— es el de pechuga”. Y explicó cómo lo elaboraban: “se vierte mezcal joven –es decir, producto de dos destilaciones– en una olla de barro y se destila una tercera vez durante 36 horas junto con frutas criollas de la región: manzana, piña, plátano de castilla, cáscara de naranja, chabacano, almendras, pasas, canela, anís, arroz y azúcar, amén de una pechuga de gallina criolla. Es un licor ‘fino’ que anteriormente se elaboraba en ocasiones muy especiales, como en bodas y fiestas patronales. Al mezcal de pechuga difícilmente se le encuentra en la actualidad, tanto porque sólo se produce familiarmente como porque no puede comercializarse en el marco de la Norma Oficial del Mezcal 070”, platicó el maestro mezcalero en ese hoy lejano 2006.

Posdata: me habían hablado bastante de lo exquisitas que eran las frutas secas sobrantes luego de la destilación del mezcal de pechuga, y fue mucho tiempo después, en 2018, cuando por fin probé este manjar, precisamente un 2 de febrero, en un aniversario del palenque La Candelaria de Lalo Ángeles Carreño, allá en Santa Catarina Minas, Ocotlán de Morelos, Oaxaca.

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