Crónica seca: periodismo y mezcal

¿La historia del mezcal también solo la contarán los ganadores?


Renato Galicia Miguel

“Un mezcal Gusano Rojo”, pedía en la mesa redonda de los borrachos el “maestro”, incondicional de “la maestra” y discípulo del cacique del SNTE, Carlos Jonguitud Barrios.


Ahí íbamos a La Luna de Huipulco en el Grand Marquis, alcanzando en la avenida Renato Leduc 210 km por hora a los 19 años de edad, por ese frasco del que lo único memorable era el gusano rojo dibujado en una etiqueta de fondo amarillo.


Pero que en los años ochenta, un maestro tabasqueño, inspector de primarias en el Estado de México, experto en tomar whisky, pidiera de vez en cuando un mezcal que los oaxaqueños inmigrantes en la hoy oficialmente Ciudad de México no oíamos mencionar nunca, y que además lo vendieran en una tienda de autoservicio como La Luna, me hace pensar ahora que, en realidad, nada sabíamos ni sabemos de los tomadores de mezcal de antes, que como especialistas -es un decir—conocemos todo del ojo izquierdo, pero nada del ojo derecho; que del boom y sus antecedentes inmediatos y sus investigaciones sesudas actuales somos eruditos o avezados, pero de la historia de las décadas anteriores a ese hoy célebre boom y posterior degeneradora moda nada palpamos; que hay estudios ultra mega científicos o ultra mega historiográficos en los que cada quien tiene su verdad inapelable, como que el mezcal es mesoamericano o es mexicano-árabe-filipino, mas nadie nos cuenta los relatos de quienes ingerían la bebida en los años cincuenta, sesenta, setenta e incluso en los ochenta al viejo estilo en la ciudad de Oaxaca –cuando el mezcal era vilipendiado y discriminado por las clases media y alta–, quizá porque tendrían que entrevistar a diez mil bebedores o exbebedores de expendios y tendajones o bajar a las mazmorras etílicas, y eso sí es trabajo de veras.


(Era vilipendiado por las clases sociales alta y media, con sus debidas excepciones, y no por el pueblo, como con ignorancia o mala leche ha dicho Sergio Inurrigarro, pues al menos los oaxaqueños siempre han respetado y amado su bebida; otra cosa es que ahora, por razones de “marketing”, convenga evocar el sentido simbólico de “la cultura del mezcal”, aunque no escribir la crónica de los tomadores consuetudinarios de la bebida: quizá porque a quien lo haga le pasaría lo que a Alfonso Caso, quien cuando hablaba de la grandeza cultural de los “indios muertos” todos le celebraban, pero cuando empezó a hablar de la cotidianidad de los “indios vivos” todos lo ignoraron).


Con el maestro aquel “aprendí” a tomar whisky. Digamos que llegué con sus hijos abstemios y pronto me cambié al bando de los veteranos y ebrios, cómo no agradecer a ellos las experiencias etílicas, cómo no recordar al ingeniero T. P. tomando conmigo a las 5 de la mañana Presidente con agua porque ya no había coca-cola, sorteando como estudiante de Polakas formado con el marxismo ceceachero del “Manifiesto comunista” y el humanismo del Marx joven de los “Escritos filosófico-económicos del 44” e incluso “El capital” mismo –y no, afortunadamente, con los manuales adoctrinadores de Marta Harnecker–, frente a la praxis del caciquismo tipo Gonzalo N. Santos.


No solo aprendí a tomar whisky con ellos, sino pude beberlo, porque en los años ochenta incluso un J.B. era muy caro. Pude disfrutarlo y paladearlo sin pagarlo.
Con el tiempo me volví experto de todo tipo de ebriedad.


Guardo en la memoria un momento cúspide: una briaga en la casa del estimado Guara, donde quisiera pensar que estuvieron el Sapo, el Carlos, el Huevo, Paco, el Alpe, parte de la bandera etílica de cada fin de semana del barrio el Xitle, allá en Tlalpan, con las botellas vacías afiladas en san lunes, de menos a más: Wyborowa, Smirnoff, Solera, Añejo, Bacachá, Oso Negro, Panalito.


Nunca mezcal. Nada sabíamos de este, salvo que existía, pero tampoco lo confundíamos con el Panalito, como cierta leyenda urbana de los circuitos culturales de la Ciudad de México ha difundido –aunque puede que ellos sí tuvieran esa tremenda equivocación, pero no así los barrios marginales del D.F., porque estos fueron formados en buena parte por inmigrantes de los estados, de forma tal que ahí siempre había alguien que hablara del sotol del norte u otro que sabíamos compraba mezcal en las casas de productos oaxaqueños de la calle Alhóndiga.


Pero el que los borrachos de barrio no tomáramos mezcal ni por casualidad en los años ochenta y noventa en el entonces D.F., no quería decir que en las casas de cada quien alguien –mi padre, por ejemplo—no contara minuciosamente el intrincado entramado de los carrizos por donde corría el mezcal que él vio en algún palenque de esos de adobe y troncos y ollas de barro, como si fueran parte del entorno natural, ese del mismo tipo que, me platicaron los mezcaleros Luis Méndez (qepd) y Lalo Ángeles Carrreño, encontraron ya muy pocos en recorridos recientes que hicieron, porque la sustitución del alambique de cobre y el acero inoxidable parece ya irreversible en el mismísimo Sola de Vega, que se supone era el bastión de esos palenques artesanales, como me comentaba Luis.


La anécdota del mezcal equis, aunque de marca, que compraba el maestro incondicional de “la maestra” en el D.F. en los años ochenta, y la ausencia de esa bebida en las briagas de barriadas chilangas de las orillas del asfalto en las que (casi) se ingería de todo, aunque por la condición inmigrante hubiera entre ciertas familias el conocimiento profundo del mezcal, son solo señales de que no se está hurgando en la historia de su cultura como debiera, que en ese sentido estamos iniciando, que tenemos que ampliarla y profundizarla a conciencia, pues de otra manera esa historia solo la contarán, como sucedió con el tequila, los ganadores.

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