La cruda eterna: Periodismo y mezcal


Renato Galicia Miguel

A la memoria del periodista Abundio Núñez Sánchez

La prosti está encabronada conmigo, quiere que le invite un amaretto, y yo, más emputado aún, le digo que ni madres, que si quiere se sirva una cuba de nuestra botella de Añejo.

La prosti también está encabronada conmigo porque quiere que bailemos y yo le digo que ni madres, que baile sola. Mi paranoia etílica casi llega al tope, quiero que se vaya, ya me la sé. Sé que en un prostíbulo todos somos guapos mientras tengamos varo. Varo que yo traigo en los calcetines bien asegurado, los fajos de la primera quincena de diciembre y la mitad del aguinaldo.

Me quedo solo en la mesa del Manolo, el de la calle López que inicia frente al Palacio de Bellas Artes, en el Defe –zona del reino de Sasha Montenegro y Yesenia, como nos cuenta el cronista Armando Ramírez en un video de Youtube: https://youtu.be/aOzlvsD6AAM–; el de los tiras, pues son clientes asiduos del tugurio porque un edificio de la PGJDF está a unos metros.

Mi paranoia disminuye, estoy pedo ya, realmente disfruto mi ron con hielos, cocacola y agua mineral, y miro el panorama a placer. 

La pista travoltiana en medio y alrededor penumbra, almas entre la oscuridad sentadas ante un frasco de alcohol, luces de color opacas, columnas pardas, siluetas que se mueven sigilosamente.

Una prosti sale volando por el madrazo que le pega un cerdo con pistola en la cintura, cae encima de mesas y sillas de plástico que vuelan también, nadie le hace el paro, el tira se va y ella se pierde en la oscuridad. 

Han de ser como las tres de la madrugada, la bola de cabrones de Gaceta UNAM se ha desperdigado y a esa hora ya cada quien se la rifa por su cuenta.

Exactamente como en estos flashbacks de principios de los noventa: José Martín en el teléfono de monedas que está hacia la salida del Manolo, diciéndole a su jefecita que se encuentra en una reunión de amigos de Polakas, y ella seguramente pensando: “sí mi’jito, cómo no, a estas horas y con esas cumbias congaleras de música de fondo”; Juan Marcial saliendo con la cuba en mano del Molino Rojo, el de la Obrera, directo a la patrulla de la Segunda de la Cuauhtémoc, la belicosa de Tepis; Ramón con María Eugenia platicando en la pista de La Canción en medio de todas las prostis intrigadas y encabronadas, alucinando que nuestra jefa de Información es demasiada competencia, y ahí mismo Raúl Correa, nuestro infalible ‘contador’ que siempre evita que nos desfalquen con la cuenta,  cantado “Si nos dejan” con micrófono, altavoz y sombrero charro; Fernando Guzmán dejando el Salón Bombay con la idea de que son las siete de la mañana y no las siete de la tarde del otro día; Lalo saltando como corredor de 110 con vallas los torniquetes del metro Garibaldi y cayendo de boca del otro lado para escapar de los tamaleros que provocamos saliendo del Manolo, y por lo mismo, el Renato recibiendo una zapatiza a media Alameda.

Y el Abundio a la cinco de la mañana en la pista del Manolo, sola para él, con una prosti rodeada al talle con el brazo derecho y otra con el izquierdo, yendo de atrás hacia adelante y viceversa, como si estuviera en la Rotonda de la Azucena bailando “Flor de piña” y no una cumbia congalera.

Fue por allá de 1991 cuando el Chava, un redactor de Gaceta, me empezó a decir Ron Renato por mi afición al Añejo de Bacardí, que entonces todavía estaba de moda, al tiempo que me advirtió, al ver cómo brillaron mis ojitos por el apodo, que ya había sido designado así otro Renato en Notimex. No había problema, el sobrenombre me acomodaba y gustaba por encima de cualquier vanidad, pues éste fue mi licor iniciático en los años ochenta.

Con el tiempo, el Añejo se volvió para mí sinestésico e inigualable, mi acompañante perfecto como amigo, cómplice, demonio, fantasma. Hasta que se me convirtió en adicción también el mezcal.

Ahora puedo decir, pues, que soy ron y mezcal. Para mí, ambos sinestésicos, ambos inigualables.

Han pasado 15 años, es 2005, estoy viviendo y volviéndome mezcalero en la ciudad de Oaxaca –quién no–, me encuentro sentado en un alto banquillo frente a la barra de la Barca de Oro, llevo cinco cervezas y no me explico por qué mi cruda maldita no cede.

Y es precisamente cuando oigo una voz celestial:

–Un mezcal cedrón—le dice la mesera al barman.

–Claro, mezcal cedrón, pendejo, por eso vine a esta cantina—me digo.

Pido mi primer trago de cedrón. Ni respiro, lo bebo de un jalón y azoto levemente el caballito en la barra para que me sirvan el otro. Cumplo con el trámite de nuez. Escancia el barman el tercero, lo descanso, observo el color ámbar, las impurezas moviéndose caóticamente.

Levanto por fin la cara, recorro con la mirada el espacio en L amplio e iluminado, me detengo en la pesera empotrada en medio de las dos puertas principales de la entrada, distingo a los enormes peces japoneses gordos y anaranjados; la mayoría de mesas están vacías porque aún no es la hora de la botana, somos los bebedores consuetudinarios los que poblamos esta mañana soleada.

La rocola de esta vieja cantina es sui géneris, tiene de todo, pero mientras he estado tomando cerveza solo he escuchado música grupera porque un tipo con facha de tira, alto, desgarbado, flaco, clayudo y malencarado, la ha acaparado.

Tomo en dos sorbos mi tercer mezcal cedrón. Me levanto, camino a la rocola, pongo a Led Zeppelin, Doors y Beatles, en ese orden, mientras escucho cómo el tipo con facha de tira masculla y amenaza con romperme la madre.

El mezcal cedrón ha hecho el milagro de la cura.

Fue el periodista Abundio Núñez Sánchez quien me plantó un día de 2005 en la Barca de Oro, me adentró a la familiaridad de esos espacios oaxaqueños que no han sido contaminados por el blof artístico-cultural o por el proceso de gentrificación que se comió poco a poco al centro histórico, y me presentó al mezcal cedrón: “es digestivo, muy bueno para la cruz”, me dijo.

No sé si fue él quien también me llevó por primera vez a Los Cocos, una cantina de periodistas, cerveza, ron, brandy, vodka y mezcal, o si me apersoné yo solo por sugerencia de Jorge Vega o Willy López, pero sí sé que de vez en cuando ahí nos reuníamos,  mi amigo Abundio –a quien tan injustamente se lo llevo la covid— y yonas, nos sentábamos en el salón del fondo,  pedíamos nuestro respectivo mezcal blanco que nos servían en caballitos y lo tomábamos como beben  los oaxaqueños su bebida histórica, con naturalidad, sin protagonismos. 

O como se dice en el argot de la briaga, sin mamadas.

Abundio Núñez Sánchez

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