Crónicas oaxaqueñas: La cruda eterna


Renato Galicia Miguel

+A la memoria de mi madrina y mi padrino, la tía Lena y mi primo hermano Marcos

Llego ebrio a la casa de la colonia Lomas de mi tía Lena y mi primo hermano Marcos, madre e hijo que a la vez son mi madrina y padrino de bautizo católico, me sirvo un primer mezcal que ella me invita a regañadientes porque voy tomado. Me arremolino en el sillón de la sala, le doy un trago a mi copa y luego abro plática: “tía, diga un número de uno a cinco mil y le cuento una anécdota de mis borracheras”.

–305—exclama en buenísima onda la hermana de mi papá, Magdalena Galicia García, oriunda como él de Santiago Yolomécatl, Teposcolula.

–Bueno, en ese número caben varias, pero le cuento esta: allá en 1994, me embriagaba en el estacionamiento de Ciencias Políticas con tragos de vodka Wyborowa y naranjada, luego caminaba a tomar el pesero al metro CU, pero si todavía estaban los chavos de Santo Domingo jugando fucho en las canchas de pavimento que estaban agregadas en el espacio de la terminal, pedía chance.

Como me veían muy briago, nadie me incluía en su reta, pero no faltaba el que me reconocía de otras ocasiones y gritaba: 

–Ese güey se avienta en el pavimento, déjenlo porterear.

La arquitectura de la sala de la casa de mi tía era la clásica urbana del siglo XX en la ciudad de Oaxaca: bóveda catalana de ladrillo rojo aparente y piso de mosaicos de cemento decorados con figuras de colores, esos que antes eran comunes y económicos y hoy, por el importado estilo blof que gentrificó y volvió apócrifo al Centro Histórico, les llaman “artesanales” o “artísticos” y son carísimos.

Las paredes blancas provocaban una claridad reconfortante, fresca, igual que un cuadro con una escena campestre colgado por ahí. Un bastidor con la imagen de una caseta donde están expendiendo mezcal oaxaqueño y hay unos trajeados –una escena clásica como de la primera mitad de siglo XX que mi primo hermano decía estaba tomada en un Lunes del Cerro, pero Raymundo Chagoya me aclaró que fue en una feria de destilados en Puebla y que quien estaba sirviendo era Ernesto Chagoya–, permitía percatarse que abajito colgaba como repisa una sencilla cantina de madera con botellas de varios licores, entre ellos, aguardiente mixteco y mezcal “limpio” –como antes le llamaban los oaxaqueños a su bebida.

El mezcal ‘limpio’ y el aguardiente mixteco eran parte de la dieta cotidiana en casa de mi tía desde que recuerdo, no como bebidas alcohólicas, sino como aperitivo y digestivo antes de la comida y después de ella, una costumbre oaxaqueña del buen beber muy vieja que el blof del consumo de moda actual ignora en su afán de creer que está inventando el hilo negro de una historia que lleva, al menos, más de 400 años.

La tía Lena

Me sentaba en el sillón rústico de madera con sus cojines cuadrados de fundas cafés, frente a mi tía, quien invariablemente ocupaba un sillón individual muy cómodo donde por momentos dormitaba –en sus últimos años siempre era así, salvo cuando iba su comedia favorita en la tele, que veía con devoción, siempre soñando que los amores y desamores ahí inventados eran realidad. 

–Diga, diga otro número, tía.

–306. 

–Bueno, una vez, iba tan briago que en lugar de cruzar la estación de CU de la Línea 3 y tomar el pesero a la Joya, me subí al metro y fui a dar, no sé cómo, hasta la terminal Observatorio de la Línea 2. Entre brumas, recuerdo que me salí y empecé a deambular por las calles oscuras de la zona. Y luego se me borró la cinta.

Reaccioné en un taxi, un volchito, a la altura de San Pedro Mártir, sobre la carretera libre a Cuernavaca, iba manejando un ruquito, recuerdo bien que su cabellera y su barba eran blanquísimas.

–Cómo es que me lleva—le pregunté.

–Te llevó a tu casa, cabrón—me dijo como si me conociera.

–Pero si ni dinero llevo, cómo supo dónde vivo.

–Ya te iban a matar, cabrón.

“Yo no entendía. Cómo es que andaba en la zona baja de Observatorio y de repente ya estaba del otro lado de la ciudad, en Tlalpan, en un taxi, a unos minutos de mi casa”, le aclaraba a mi tía.

–Ese taxista era Dios, tía.

“Ay, Renato, ¿eso te pasó?”, cortaba de tajo mi relato, ya no tan contenta como al principio, sino más bien encabronada, y venía entonces el regaño: “cómo puedes hacer esas cosas, tú”…

Esa era mi tía, una madrina que soportaba mis insolencias de borracho, una mujer que trabajó gran parte de su vida en la Proveedora Escolar con un sueldo mínimo, una persona agradecida que nunca quiso que fotocopiara uno de los cheques de su pensión.

–Pero si es para balconear a los que dizque “rescatan la cultura” en Oaxaca, tía– le decía, pero ni así aceptaba.

Una oaxaqueña de cepa que diariamente, durante años y años, caminaba en la noche desde la Proveedora –la de avenida Independencia, Centro– sobre la calle Reforma o la avenida Juárez y la calzada Porfirio Díaz, y al final bajaba y subía por la parte solitaria del “puente viejo” para llegar a su casa en el fraccionamiento Lomas de la zona norte de la ciudad de Oaxaca. 

–Y nunca me pasó nada, tú—me platicaba.

Una mujer que logró tener su papelería de barrio hasta que se la comió el Oaxaca culto de la posmodernidad con sus centros culturales, su turismo cultural, su mercado cultural –mucha cultura, cuánta cultura, demasiada cultura, ironizaría el infrarrealista Mario Santiago Papasquiaro–, esa vida estilizada que llegó en los años ochenta y que se catapultó con la era digital del siglo XXI, pero que mi tía no vio (no obstante que falleció recientemente, el 13 de agosto de 2019), por fortuna, porque se la pasaba en su casa haciendo su vida oaxaqueña de siempre, cuidando a la tía Modesta hasta que murió, ordenando su papelería aunque ya estuviera cerrada, visitando de vez en vez su Yolomécatl amado, y a sus hermanas y hermanos: a Lola en el barrio de Jalatlaco; a Cata en la colonia Loma Linda, en Oaxaca de Juárez; a Úrsula en la Escuadrón 201, en Ixtapalapa –dice el guionista y escritor Guillermo Arriaga, quien vivió en la Unidad Modelo de esa delegación, que la vieja guardia escribía Ixtapalapa y no Iztapalapa–; a Bernardino en la zona del Ajusco, en Tlalpan, en el Distrito Federal, y a Eladio, en el Estado de México.

Su hijo era Marcos Ojeda Galicia (ingeniero de la primera generación del Instituto Tecnológico de Oaxaca; falleció el 3 de abril de 2020 por una enfermedad terminal), mi primo hermano y padrino de bautizo, quien también me salvó la vida en un volchito.

Era el año 2008, había bebido yo mezcal no sé cuántos días seguidos. Y una mañana, en mi estatus de “credo”, sentía que estaba en el límite: en la casa tomé 300 pesos, caminé hacia la fuente de las Ocho Regiones, esa vez no compré mi reglamentario marracito de espadín de 52 grados en la tienda de don Cele, sino que me pasé de largo y llegué a Gerardo Varela, la calle que divide la unidad del ISSSTE y la colonia Lomas, bajé hacia el ‘puente nuevo’, en la esquina volteé a la derecha y visualicé una clínica.

Iba en un estado de éxtasis –es cierto que el mezcal te ‘pone’, como dice la máster mezcalera  Graciela Ángeles Carreño; pega distinto, pues–, eufórico, pero con la sensación de que me estaba yendo, no sé a dónde, aunque seguramente a la chingada.

Entré a la clínica, noté el nivel y sospeché que no me iba a alcanzar ni para la consulta. Me senté en una silla, de una puerta lateral salió una doctora muy guapa. Estaba en éxtasis, eufórico.

–Me siento muy mal por la cruda—le dije con una sonrisota.

Desapareció tras la misma puerta. Regresó después de unos minutos. 

–Ahorita viene el especialista—me aclaró.

–¿Usted no me puede atender?

–No, tiene que ser el especialista.

Se quedó sentada en la silla del fondo, distante unos tres metros al frente. “¿Tienes para pagar?”, me preguntó de repente. “¿Cuánto vale la consulta?”, pregunté.  “250 pesos”, respondió. Empecé a hacer cuentas. Ella no se iba, se hizo un rato de silencio. Estaba yo en éxtasis, eufórico.

–Le cuento un chiste—le pregunté de botepronto. 

Asintió levemente. 

–Si fuera mujer, sería lesbiana—le dije.

Sonrió. “¿Ese es todo el chiste?”, agregó.

–Sí.

“Voy y regreso”, le indiqué. Ya había hecho cuentas, eran 250 pesos de consulta, solo me sobrarían cincuenta, no me alcanzaría para el suero que seguro me iban a poner.

Seguí caminando sobre la calle Gerardo Varela y exactamente en el “puente nuevo” –del “puente viejo” ya ni sus luces, aunque estaba atrás de lo que hoy es el inmueble de una escuela particular—se detuvo a mi lado mi padrino Marcos en su volchito blanco de los años setenta.

Si todavía viviera mi tía Lena, le platicaría la anécdota 5001, y le diría que esa ocasión Marcos en su volchito también era Dios.

–Llévame a un médico, siento que me estoy apagando—le dije a mi padrino.

El primo Marcos

Fue lo último que recordaría cuando amanecí en mi casa dos días después. Luego supe que a Marcos lo único que se le ocurrió fue llevarme a la clínica Santa Anita, la que está pasando el Parque del Amor, donde unos años antes fue operado de urgencia de la vesícula mi padre por un joven doctor llamado Roberto Molina –el expresidente municipal de Santa Cruz Xoxocotlán, Oaxaca, que murió de covid el 3 de noviembre de 2020–, quien lo salvó, igual que a mí me libró de la cruda mortal alguno de sus colegas que nunca conocí.

Curiosidades y coincidencias de la vida, igual que la sorpresa de saber, por boca de mi también primo hermano Mingo en un lejano ya 2004, en el momento que platicábamos y veíamos a la truchas en medio de las piletas a ras de piso que estaban en la clínica Santa Anita, mientras esperábamos que mi padre saliera de su operación, que ese inmueble antes fue un tugurio, el Playa Azul, un clásico de los años ochenta –igual que el Cozumel, que estaba rumbo a la salida al Defe y hoy es un hotel que, por cierto, mantiene intacta, como lobby, la pista de baile de sus mejores tiempos.

–Los cuartitos de los consultorios eran los ‘privados’ y aquí en medio, donde están las piletas, era donde bailábamos—me precisó esa vez mi primo Mingo.

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