Crónicas oaxaqueñas: Como Dios manda: a besos


Renato Galicia Miguel

+Los nuevos y viejos bebedores besan el mezcal, dicen los mezcaliers y los tomadores consuetudinarios de hoy y ayer.

Es una ley que hay que vivirla para contarla:

Era el año 2012 en el kilómetro 31 de la carretera libre a Cuernavaca, en el perímetro del pueblo San Miguel Topilejo, alcaldía de Tlalpan,  y había gente de lo más diversa. Estaba el famosísimo Tigre, un vendedor de pulque, un hombre viejo que diariamente iba en su igual de vieja camioneta a Huitzilac, Morelos, por la bebida de origen prehispánico para expenderla en su tendajón ubicado a orilla de camino,  mientras su esposa vendía quesadillas y elotes hervidos y asados.

Del otro lado de la carretera, había otro tendajón, similar a todos los de la zona: construido sobre la tierra, sin piso de cemento, con troncos de encino u ocote, paredes de madera de desecho y láminas viejas y oxidadas, igual que las del techo. En una esquina tenía un pequeño mostrador que se acondicionó como barra y en otra una mesa rústica fijada en el suelo. Ahí llegaron oaxaqueños de Valles Centrales,  aunque de origen mixteco, a vender tlayudas preparadas –así les nombrábamos algunos en los años ochenta a las de los puestos de la calle Libres, que eran las únicos disponibles en ese tiempo en horas de la madrugada en la ciudad de Oaxaca— y mezcal de Santa Catarina Minas, Ocotlán de Morelos, y también de San Pedro Teozacoalco, Mixteca alta. 

El panorama era inmejorable: un cerro al fondo por donde decían anduvo Zapata, terrenos con milpa alta,  pinos, alguno que otro oyamel, una barranca que aún crecía en verano, las curvas hermosas de la  vieja pero muy célebre carretera a Cuernavaca; un verde naturaleza que siempre se imponía y olía. 

Sábados y domingos llegaban o pasaban por ahí  gente de lo más diversa: los moticiclistas de pista y choppers que iban a Tres Marías y a La Pera, Morelos, a jugarse la vida; algún obrero jubilado que de joven fue palenquero en su pueblo en Miahuatlán y desde hace muchos años era un inmigrante oaxaqueño en una colonia periférica de la Ciudad de México; un vendedor de autos clásicos en su Camaro amarrillo que invariablemente se tomaba solo una copa de mezcal, acompañado de su tlayuda con tasajo necesariamente asado entre las cenizas del carbón; un juchiteco propietario de una escuela para adiestramiento de perros cercana que nunca pedía nada y su socio defeño del centro del Defe –quien alguna vez manejó moto de pista— que, yendo y viniendo, se tomaba tres mezcales o más y una o dos tlayudas en el transcurso de una  tarde.

Tomando pulque de Huitzilac con el famosísimo Tigre en San Miguel Topilejo, Tlalpan, Ciudad de México.

También pasaba quien decía ser un gerente de la empresa Café Legal, el cual se aparcaba con su camioneta llena de familia y se llevaba toda una dotación de mezcal;  amigos de toda la vida, como el Güila, mixteco de cepa, en su moto Carabela; o el fotógrafo de la revista “Proceso” de antes y vecino del barriesísimo San Andrés Tetepilco, Joaquín Ávila, quien  cargaba con varias botellas del espirituoso.

Sucedió que empezó a llegar cada sábado, después de la una de la tarde, un maestro albañil originario del estado de Hidalgo, quien se jactaba de ser un excelente bebedor, alguien que nunca “había perdido”, como se dice en el argot etílico.

–Sí, pero con el mezcal es diferente, son más de 45 grados, cuidado— se le advertía.

No entendía. O más bien le valía, aunque nunca pasaba de tomarse un marracito –más o menos un cuartito— de espadín. Pero un día se armó la briaga entre él y un oaxaqueño de la Costa, quien, en sentido contrario, le tenía entre respeto y temor al mezcal, y se tomaron varios marracitos a ritmo de mezcófago.

Se alteraron un poco, el costeño se fue primero, intentó irse en el MiBus –un Pullman que hace la ruta de Cuernavaca a la central camionera de Taxqueña por la carretera libre–, pero el chofer le cerró la puerta al verlo trastabillar: lo subimos en taxi; el de Hidalgo se fue después, fanfarroneando su aparente lucidez: lo subimos en otro taxi.

Tardaron como tres sábados en regresar. Aquel día de la briaga, contó el de la Costa, amaneció sin raya –su hipótesis fue que se la bajó el taxista, pero nunca sabría–. El de Hidalgo dijo que, por primera vez en su vida, no se acordaba de nada –“perdió”, pues–: 

Despertó al otro día, instintivamente buscó su dinero, no lo encontró en donde siempre lo colocaba, comenzó a hurgar por aquí y allá, lo halló entre unos adornos de un mueble de la sala, acomodaditos, escondiditos muy bien los billetes, era un sitio donde nunca los hubiera puesto en juicio.

Relató que todos los sábados él compraba una botella de whisky JB para tomársela solo, y aunque no la halló en su casa, picado por la curiosidad, preguntó en el Oxxo de costumbre: la -había comprado, en efecto, pero jamás sabría dónde quedó.

–Nunca se me había olvidado una briaga— decía.

 Desde entonces comenzó a tomar su mezcal como Dios manda: a besos.

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