Crónicas oaxaqueñas: “Marracito” en el 20


Renato Galicia Miguel 

Entré al 20 con ganas de tomarme una selfie y nada más un trago porque andaba de prisa. Había cupo lleno, así que tuve que pedirle chance de sentarme en su mesa a un veterano malencarado. Asintió. Siguiendo la costumbre,  dije al mesero: un “blanco”, como la mayoría pedía su mezcal entonces, aunque no faltaba quien tomara “pericón”, un clásico del 20 (dicho sea de paso, mi hermano Miguel me platica que en los años sesenta, en la ciudad de Oaxaca al buen mezcal —el mayor de 45 grados, no adulterado ni rebajado,  pues—, le llamaban sencillamente mezcal “limpio”.

Sería el 2010, unos años antes o después, no sé.  A mi espalda estaba la mesa en que solía sentarse el finado Jagger, es decir, al fondo a la derecha, en el lado contrario donde estaba y sigue estado la rocola histórica, aunque seguramente ya no con las rolas de los Rolling de las que solo aquel sabía las combinaciones para escucharlas de vez en cuando.

No recuerdo si todavía vivían doña Luchita y la “Merry”, pero sí que no vi en esa ocasión al Alex, quien me conocía y esperaba me reconociera si me veía.

Me tomé una o dos selfies que no me convencieron. 

Fue entonces que le pedí al mesero, un tipo con facha de madreador, que me tomara la foto para que saliera yo en perspectiva con el mítico 20 —20 de Noviembre, es el nombre oficial del 402 de la calle homónima, ubicado en la colonia Centro de la ciudad de Oaxaca, un sitio auténticamente oaxaqueño como pocos quedan en esta ciudad de artistas, turistas y gentrificación.

Al mismo tiempo que aquel tomó mi cel, el veterano malencarado preguntó en tono intimidante:

—¿Es usted periodista?, ¿para qué son las fotos?

—No, no. Son para el recuerdo— contesté.

—Bueno— deslizó con un dejo de advertencia.

Advertencia que emuló el mesero señalándome con el dedo.

Me tomó la foto de todos modos. Bebí mezcal. Había una calma un tanto tensa en la mesa. De pronto, el malencarado aquel me dijo:

—Le voy a hacer un comentario porque tengo derecho, ya que usted vino a sentarse a mi mesa.

—Claro, claro— le contesté. 

La verdad no recuerdo cuál fue su comentario, pero la situación se distendió e iniciamos una charla amena. Y me invitó un primer mezcal. Acepté con la aclaración que debía irme porque tenía un compromiso en 20 minutos.

En un momento dado, me dijo que era tablajero del mercado Benito Juárez, también me platicó que normalmente solo tomaba dos copas de mezcal, pero que si llegaba a tomar tres, dejaba el coche en el estacionamiento y se iba en taxi.  Y agregó que había sido militar.

Yo le confesé que sí era periodista, pero que las fotos eran, en efecto, para el recuerdo, pues apreciaba mucho al 20  y llevaba años sin entrar porque no estaba viviendo en Oaxaca.

Me invitó un segundo mezcal, el tablajero y exmilitar: “ya no”, le dije, pero insistió“; uno más y ya”, pensé.

Acepté también porque intuí que estaba ante un buen y viejo bebedor de mezcal,  e hice la pregunta que uno sabe solo pueden conocer la respuesta los tomadores de otros tiempos, una que no se encontrará nunca en libro alguno.

—¿Sabe por qué le llaman “marracito” al “marracito”?

Fue entonces cuando me invitó un tercer mezcal, el cual acepté con gusto.

Por el mosquetón, me dijo. Un tipo de máuser calibre 7.62 mm que salió allá por 1950, que pateaba muy fuerte. Incluso, luego esa medida fue la misma de la tapa alargada de las anforitas de Presidente de antes.

Con el cuarto mezcal —el quinto si sumamos el que tomé por mi cuenta—, cuando salí del 20, sentí que en realidad me había chingado un “marracito”.

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