Periodismo y mezcal: crónica seca


Marca vs. granel; ‘marketing’ mata tradición

Renato Galicia Miguel

El tiro está cantado, pensé cuando leí  la info: Clúster Oaxaca Mezcal  pide que en las fiestas de Guelaguetza al turismo solo se le ofrezca bebida certificada, es decir, de marca.

Primero debo confesar que no conozco muchas mezcalerías,  básicamente porque soy –fui– mezcalero de a pie, es decir, el que va caminando por el centro de la ciudad de Oaxaca rumbo al Parque del Amor sobre la calle de Miguel Cabrera, ve la cantina Emiliano, se le antoja un mezcal, entra y pide uno de a 15 varos –sería en el 2006– en caballito de dos onzas y se lo toma de dos tragos para aguantar el viaje en taxi colectivo a Zaachila.

En el 2012, In  Situ la conocí cuando nació en el bar Txalaparta –ahí entrevisté a la pintora Siegrid Wiese sobre su alucinada pero real visión del “Evidencialismo”: esas caras monstruosas que exhiben a veces los transeúntes; tomando cada quien su trago, ella con un vaso de agua al lado—y luego he ido a su actual sede de Morelos 511, Centro; algunas contadas ocasiones, en realidad, y más bien para visitar a mi amigo Ulises Torrentera y recordar viejos tiempos. Y sí, llegué a tomar ahí algún espadín de 35 pesos o más la onza –por el 2012, lo cual me pareció muy caro, la verdad–, “chiquiteándola” para que rindiera,  y no a “besos”, porque no es –era— mi estilo, pues en mi caso me hace –hacía– perder ritmo y efecto, que es lo que a mí me late de las borracheras.

Una vez también entré a la que fue la primera mezcalería autorizada por el ayuntamiento de Oaxaca de Juárez, al Cuish de la calle Díaz Ordaz, número 712; ya saben, atraído por la zona “underground” donde está –se ubica cerca de la famosa cantina El Dos de Oros–: el veterano reportero Jorge Vega y su colega ídem, o sea yo, nos tomamos un trago y nos salimos, era demasiada dosis de hormonas jóvenes para dos viejos borrachos como nosotros.

Más recientemente entré a Archivo Maguey (Morelos 509, Centro) con el amigo y joven colega Jorge González, donde –como buen “punk sin cresta”, ese llegador concepto del poeta César Elí García–  ya nada más comí un pedazo de tlayuda preparada con chapulines que me invitaron, mientras platicaba con una chavala de 23 años que se tomó como si nada un mezcal de más de 45 grados de alcohol volumen en copita de veladora, situación que hace ya no algunas décadas sino años era imposible de ver.

He leído y escuchado leyendas como la de que fueron los tenderos o abarroteros quienes, allá por la tercera década del siglo XX, comenzaron a introducir el famoso gusano de maguey –larvas del insecto “picudo”, según el parasitólogo del arbolado Jorge Luis Cruz Alvarado; o de alguna mariposilla, me comentó alguna vez el palenquero Eduardo Ángeles Carreño, LaLocura—en las botellas de la  bebida, y también que, más o menos en la década de los años cuarenta de dicha centuria, doña Licha o doña Rosa –o las dos– salieron de su natal Santa Catarina Minas, Ocotlán de Morelos, y empezaron a comercializar en la capital del estado el que sería el mezcal más famoso de la ciudad de Oaxaca durante la segunda mitad del siglo XX: el minero –obviamente porque era de la población de Minas, aunque luego todos se piratearon el denominativo.

Intuyo, pues, que  abarroteros oaxaqueños del siglo XX son los creadores de una tradición: vender mezcal a granel, a veces con gusano de maguey.

Con el boom que inicio con el siglo XXI y la posterior moda del mezcal, las mezcalerías empezaron a proliferar, mientras los expendios y las “clandestinas” tienditas de barriada comenzaron a difuminarse. Entiendo que, con propuestas como la del Clúster Oaxaca mencionado al principio, ahora van a proliferar los antros mezcaleros y cocteleros y los restaurantes gourmet y las ferias internacionales que van ofrecer marcas y bebidas Premium,  y que la tradición de las trastiendas y el mezcal a granel se extinguirán, igual que los borrachos épicos que vivieron otra época en Oaxaca

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