Duelo de palenqueros

Sin título-14

Renato Galicia Miguel


 

Bajó de su mototaxi y se plantó frente al mostrador de la tienda de abarrotes: “dame un mezcal”, le pidió a don Teo con cierta displicencia, con un aire de que se sentía mal y sólo por eso tomaría ahí y a esa hora, al mediodía. Seco, pero condescendiente, don Teo le sirvió un tercio de vaso de plástico desechable de un espadín de San Carlos Yautepec.

—Nooo, es mucho, me va a pegar y me la voy a seguir— repeló el mototaxista, un hombre viejo él, vestido como cualquier ser urbano de barrio marginal: pantalón de vestir beige, una playera verde con alguna leyenda comercial y un gorra beisbolera.

Hombre también ya con sus años encima, el abarrotero carraspeó, pero no dijo nada, dejó el vaso servido en el mostrador y siguió ocupándose de sus dos garrafas de 20 litros que tenía en el piso, una de ellas de tobalá, su mejor carta en cuanto a mezcales. A regañadientes, el mototaxista se alzó el trago. Luego quiso pagar, pero don Teo le movió la mano en señal de que no era nada.

La tienda tenía el ambiente y la escenografía típica de Oaxaca: huacales de fruta y legumbres comunes y criollas, es decir, del mercado y de los marchantes de pueblo que venden al menudeo de casa en casa, de tienda en tienda; las tortillas de a kilos y de a medios envueltos en papel de estraza resguardados en hieleras de plástico; panes de cualquier ciudad, pero también tarazones, molletes, hojaldras y amarillos; embutidos comerciales junto a  quesos y quesillos de a 18 y 20 pesos, cuartitos de tasajo, chorizo y cecina enchilada en un refri, y en otro, cocacolas y cervezas; chapulines quizá; bolsas de cuanta comida chatarra, cigarros, latas y envases de productos de limpieza.

Ahí compraba cuartitos de mezcal en botellitas pet que podía tomar como si nada caminando por el corredor turístico o el zócalo o la alameda: venta clandestina, consumo clandestino, la ecuación perfecta, un truco que le había aprendido a un fotógrafo veterano que siempre recorría la ciudad a pie.

Llevaba ya dos años siendo cliente de don Teo y estaba acostumbrado a ver ahí escenas mezcaleras, pero no como la que tenía el gusto de atestiguar ese día.

El mototaxista no habló más, se dio la vuelta, subió a su vehículo y lo arrancó. Pregunté si iba a su base. Me subí. Para hacer plática, le comenté que don Teo tenía un mezcal “chuparrosa” que estaba muy bueno, muy aromático, me contestó que no le gustaba y, sin más, añadió que don Teo decía que vendía tobalá, pero que no era tobalá: “yo soy palenquero, de Sola de Vega, y el bueno de tobalá es el del que se da bajo los enebros, no eso que él vende”, remató.

Supe entonces que, con el sol a plomo, a orillas de la ciudad, había presenciado un duelo de palenqueros de dos grandes regiones mezcaleras oaxaqueñas: San Carlos Yautepec y Sola de Vega.

Pero sobre todo comprendí que la cultura del mezcal es incorruptible e inimitable, y que las formas de comercialización de la bebida que la han tratado de copiar, como con esas mezcalerías de colonia gentrificada que intentan parecer “tiendas clandestinas”, con el paso de la moda se van convirtiendo en simples remedos de mal gusto.

Más si para comer tlayudas –clayudas— proponen cubiertos. ¡Habrase visto semejante despropósito!

Foto de La Clandestina.

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