La briaga ruda con mezcal

Cantina

Tomador políticamente incorrecto


Haciendo memoria, salvo dos escaramuzas previas,  mi primer encuentro formal con el mezcal  fue allá por 1990, cuando asistí a la fiesta patronal de Santa Martha Chichihualtepec, Ejutla de Crespo: todavía era joven y aguantaba, como se dice en la jerga etílica, y tomé la sagrada bebida como un dios durante una semana. Impaciente, cuando empezó el convite, le insistía a Isidro, oriundo de esa población, que dónde estaban los tragos prometidos y él sólo sonreía; a la tercera visita domiciliaria del recorrido ya había ingerido varios en copitas de carrizo y cargaba un frasco de a litro.  Eso sin contar la cuba de alcohol del 96 que, sin decirme de qué era, Patricio, un viejo trabajador de mi padre, me había invitado; luego, otros me aclararon el asunto y me explicaron que en el pueblo a algunos el mezcal ya no les hacía nada y buscaban brebajes más fuertes. Desde luego, en ese tiempo ni idea de que había tomado una bebida espirituosa y demás etiquetas de hoy: aquél era un licor barato para borrachines y nada más.

Esa borrachera con mezcal  fue una excepción en mi currículum como tomador en el que dominaría durante décadas la cerveza, el vodka y el ron, con sus correspondientes inmersiones a bebidas de batalla en las épocas de estudiante y de crisis, como el Parras Madero, el Richardson, el Leoncito, el “panalito” y subsiguientes. En días en que todavía no se le llamaba  en el medio en general  tradicional o artesanal, mi segundo encuentro con el mezcal fue cuando en el año 2000 entrevisté para la sección cultural de El Financiero a un entonces desconocido Ulises Torrentera por la publicación de su libro Mezcalaria / Cultura del mezcal. Curiosamente, en esa ocasión ni siquiera lo probé y lo más cerca que estuve del licor fue cuando le tomé la foto al buen Torre afuera de la Casa del Mezcal, la cual, por cierto, me traía muy buenos recuerdos, y no porque me haya tocado estar con el “Coqueto”, un amigo herrero, oaxaqueño de esos ya en extinción, en tiempos en que todavía era una cantina de pueblo, sino porque mi padre tomaba ahí en la década de los años cuarenta, según me platicó, y también en La Farola. Por cierto, buen bebedor, se la sabía de todas todas, me lo demostró un día cuando yo, en mi calidad de estudiante de una sucursal de la vida, la Universidad, como diría Monsi, leía muy acá Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, y no daba con el significado de las ochavas: “eran las sobras de las copas de mezcal que vaciaban  en un barril y luego vendían a los pobrecitos”, me explicó.

Aunque confieso que allá por el 2004 compraba medios de mezcal en los expendios de Las Casas para mi dotación etílica consuetudinaria, fue “El 20” o “La Muralla” mi escuela como tomador de la bebida. En un ambiente oaxaqueño, sin prejuicios ni poses como las que hoy abundan por la moda y que francamente a mí me dan una hueva infinita, bebí espadín en los famosos vasitos de veladora ─una costumbre más o menos reciente, según me cuenta el palenquero Eduardo Ángeles Carreño─, acompañado de limón y naranja en rebanadas, y cerveza; y después, conforme le fui agarrando gusto y costumbre, solo. En una ocasión, después de una briaga ruda, al otro día volví a El 20 a curármela, estaba el mismo mesero que me atendió la tarde anterior ─en los tiempos de doña Luchita (qepd) los clientes de confianza luego se encargaban del servicio, y así sucedió dicha vez─, quien, por aquello de la cábala, eufórico me decía: “una cabrón, una te faltó, te tomaste doce”. Doce copas de vasito de veladora que después supe sumaban casi un litro de mezcal, pues al tope, como antes la servían en El 20, cada una equivale a tres onzas. Fue mi récord, de ahí pa’bajo, al último con cinco ya estaba briago. Con el surgimiento y ascenso reciente de las llamadas mezcalerías ─la primera en obtener el membrete fue Cuish, la de Félix Hernández Monterrosa─, El 20 como que pasó de moda entre ciertos corrillos cultos, y qué bueno, porque así ha seguido su propia inercia oaxaqueña, la que ella sea.

Puedo decir  que salí de mi total ignorancia sobre lo que es el mezcal tradicional ─sigo en ella, pero siquiera ya me doy cuenta de algunas cosas─ , gracias a la amable apertura a su universo del tipo de la respetadísima familia Ángeles Carreño, de Santa Catarina Minas, y su hoy Real Minero, en especial a través del mezcalero Eduardo, Lalo ─quien actualmente cuenta con  su propio palenque, La Candelaria, y dos marcas: Lalocura y Sacapalabras─. Después que en 2005 o 2006 cubriera una plática en el Tabula Rasa, el espacio de Chava Hernández, y una calenda de mezcaleros de ahí al Zócalo, donde participaron Lalo y Luis Méndez, de Sola de Vega, fui adentrándome al mezcal minero, en particular. En 2007 asistí por primera vez a Minas a un encuentro en el marco de la asociación Mezcales Tradicionales de los Pueblos de México, que iniciaron Eduardo, su hermana Graciela y Cornelio Pérez Ricárdez, el “Tío Corne”, junto con la Logia de los Mezcólatras, y de ahí pa’l real. Dado que sostengo que para amar al mezcal, que es lo que en realidad se necesita, no hay más que visitar de forma sincera y honesta un pueblo productor y un palenque, aunque se carezca de los comportamientos blof  de rigor, y tomarlo a gusto o a fondo, si es posible o deseable , asumí que mi doctorado como tomador rudo de mezcal ─hoy políticamente incorrecto, digamos─ lo conseguí cuando, después de una borrachera respetable, amanecí acostado en un petate al lado de las tinas de fermentación de un palenque: con precisión, frente a una pila de maguey cocido perfectamente limpiado y cortado, razón por la cual comencé ahí mismo a masticarlo como Dios manda. Quizá por eso también ya me retiré del trago en general, no sé si definitivamente, porque los caminos de la vida…

A estas alturas,  como periodista ya hay que cuidarse mucho de a quién creerle y a quién no sobre todo lo relacionado con el mezcal. En dado caso, a los mezcaleros netos los entrevisto cuando puedo para  difundir ese universo que es cada uno de sus lugares de origen y sus vidas al respecto; dicho sea de paso, me los encuentro incluso en las tienditas de ciudad y me platican sus penas: como que en San Carlos Yautepec les andan robando maguey chato y otras especies que cultivan o que supieron que en Chiapas están vendiendo una bebida que quién sabe qué es pero llaman “mezcal”.

Había que pensarla más de una vez antes de llamarse “experto” en mezcal o atribuirse etiquetas mediáticas de representación, porque la cultura de la bebida no es una entelequia o una visión edénica: incluye, por ejemplo, historia escrita e historia oral ─entre ellas, las de origen prehispánico─, problemáticas sociales, agrarias, económicas, de pobreza,  falta de educación académica y migración-inmigración que en las ciudades ni siquiera imaginamos ni mucho menos entendemos.

Y no es que niegue los cambios y beneficios ─y  perjuicios, recordemos que el Tío Corne se preguntó hace poco si no los mezcólatras se habían vuelto mezcalicidas─ del boom del mezcal. No. Lo que pienso es que hay que darle su lugar a cada quien y a cada cual.

El mercado del mezcal es eso. Ahí hay todo tipo de personas, incluyendo mezcaleros honestos que tratan de generar un proyecto propio o andan como perdidos en el espacio intentando cuajar una marca, o inversionistas serios que buscan ser socios justos y ya cuentan con mezcalerías o espacios similares donde expenden buen mezcal; pero también gente sin ningún escrúpulo que está dispuesta a todo con tal de vender y sacar beneficio incluso político-electoral: corromper al palenquero, al mezcal, aprovechar el mínimo resquicio que le dé la normatividad oficial ─que de sí, siempre se ha dicho, está pensada para desmadrar a la bebida, aunque posee aspectos rescatables, se entiende─; poner una mezcalería en una zona high y comprar o producir con su palenquero “mezcal” de dudosa calidad a precios irrisorios ─cuál precio justo─ y venderlo a insultantes cantidades para quien tenga y no tenga dinero; sin dejar de mencionar a los cínicos que dicen que es justo que el comercializador gane la mayor parte porque los mezcaleros no saben nada del mercado.

Quien entra al mercado se atiene a ello. Tal vez por eso, alguien que a principios del boom fuera defensor del mezcal tradicional ─el mayor a 45 grados de alcohol volumen, elaborado con procedimientos artesanales y sin ningún agente externo o artificial─ cambia sus criterios y ahora acepta uno de 38 y hasta 36, según lo permite la Norma 070, por ejemplo. El mercado es el mercado.

Y la cultura del mezcal es otra muy distinta cosa. Y aquí hay que incluir a los tomadores oaxaqueños de siempre, porque hay un universo que ahí ha estado durante siglos y continúa hoy, estoico, tanto en pueblos productores como en la ciudad de Oaxaca: ¿si no, quiénes hubiesen mantenido la tan épica resistencia cultural de la bebida durante tiempos en que se le veía exclusiva y discriminatoriamente como licor de pobres o pueblerinos, que son la mayor parte de su historia, vamos, el 99 por ciento: solos los mezcaleros; no creo? Y hablo de los bebedores fuertes ─como los llamaría Jorge Ibargüengoitia, los que saben tomar, diríamos nosotros─ y los que se tiran al vicio: los mezcólatras y los mezcófagos, pues. Los que hoy tienen lo mismo 90, 80, 70, 50 o menos años y andan dando tumbos por las calles de sus pueblos; los que, hombres y mujeres, lo toman nada más como aperitivo, todavía, en sus hogares, antes de la comida, y lo tienen en un garrafón de vidrio, curado con frutas de temporada, instalado en un cómodo columpio; los que, en los años sesenta, al buen mezcal sencillamente le decían “mezcal limpio”. Los que sabían o saben que al “minero” se le llama así  porque es de Santa Catarina Minas; o al de “pechuga” de tal manera por razones claras y precisas ─hace cuatro o cinco años, en algunos establecimientos de la colonia Roma u otra aledaña, no recuerdo bien, de la Ciudad de México, publicitaban que se llamaba así porque se hacía con la “pechuga de agave”: ahora, creo, todos sabemos que es porque conlleva una pechuga de gallina criolla, entre otros ingredientes y costumbres─. Los carniceros del mercado “20 de Noviembre” que  se consideran buenos bebedores y toman dos tragos de mezcal en El 20, pero si se echan tres ya no manejan, dejan su coche en el estacionamiento y se van en taxi, y, aunque primero lo quieren madrear a uno y luego invitan las otras y las otras y ya no nos dejan ir,  platican historias que se la piensa uno dos veces si la difunde o no porque el marketing es brutal y todo lo utiliza nada más para su beneficio, sin importar si deforma un saber o no… En fin.

Dicho de una manera paralela, pienso que hay que tener cuidado cuando,  con esto del furor del boom mezcalero, se hable de la generación de un “bebedor informado”, porque se puede malinterpretar y tomarse como si se estuviera descubriendo el hilo negro de la ingestión alcohólica moderada. Principalmente porque sabemos que más bien es la congestión alcohólica el problema de salud pública que reina en las sociedades modernas y posmodernas, de Dinamarca a pueblos de aquí; Tlaxcala, donde en otros ayeres me tocó ver comunidades en que en cualquier mediodía de la semana había innumerables ebrios tirados en las calles;  o Xoxocotla, Veracruz, una población de quizá diez mil habitantes cuyo  gran porcentaje de habitantes son inmigrantes que trabajan como peones o albañiles en la Ciudad de México, por ejemplo, y una buena cantidad de ellos padecen severos problemas con la ingesta etílica ─antes ahí había un aguardiente de excelente calidad, hoy ya sólo existen bebidas basura con esa denominación.

Spadín

Además que, uno: como reconociera un palenquero de alcurnia, el mezcal es muy adictivo ─al diablo con que, como dicen los psiquiatras, uno es el adictivo, porque cuando hay química está cabrón el enamoramiento con esa bebida─ por su aroma, sabor, cómo pega y demás; y dos: es muy distinta la forma en que se toma mezcal en un pueblo originario, “donde si le pones cien litros a la gente, cien litros se acaba y no pasa nada”, y la manera en que puedan tomarlo en las ciudades, en las que incluso un bebedor fuerte y experimentado, pierde en su primera borrachera con espadín de 50 grados de alcohol volumen si quiere competir con él.

(En su tesis de maestría de la UNAM, el amigo Domingo Cabrera hace una propuesta que, en relación con la ingesta de alcohol, me parece muy viable: que desde la primaria se les vaya inculcando a los niños una educación sobre el tomar bebidas del tipo, lo que significa, las consecuencias del abuso y tantos otros aspectos que pueden tocarse. A estas alturas de la vida, uno quisiera ser la combinación del niño así formado y el “bebedor informado”: uno que supiera tomar, el sueño de todo borracho consuetudinario.)

Hay que ver lo que es y no nada más lo que debiera: el mezcal es cultura, sin duda, pero también una bebida alcohólica, no hay que olvidarse de ello. Más en ciudades como la de México, donde el personal joven ─lo sabe uno por experiencia─  es atascado para el trago y el antro, sin importar el nivel de estudios o condición socioeconómica e incluso ya, de género. Todos sabemos eso.

Respecto al mezcal,  hoy existen ya demasiados mitos, fantasías y leyendas urbanas; alharaca; apropiación y corrupción descarada de formas, lenguajes y conocimientos descontextualizados por parte de gente que, en realidad, no le interesa conocer la cultura de la bebida sino su explotación indiscriminada o el blof propio.

Habrá que tratar de ir revirtiendo la tendencia, sobre todo pensando en los tiempos en que el mezcal y Oaxaca ya no sean moda, a través de abarcar la amplia gama de aspectos que involucra la bebida, su cultura y su consumo, tanto las problemáticas como los innegables cambios y beneficios que ha provocado el boom, de lo cual hablaremos en una próxima entrega.

Renato Galicia Miguel / Nación Mezcal

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